
No con llantos ni pena te despido, maestro.
de tu pedagogía
si tan sólo una lágrima de amargura o de sal
derramara en tu muerte.
Allá entre las billardas de la infancia me diste
una lección alegre como el rostro de Dios
y rompiste en mi crisma
las albricias de] júbilo.
Entonces me dijiste:
la muerte es un viaje
del nacer, una alegre
travesía hacia el día de la resurrección;
que lloren los que quieren
viajar sin pasaje,
sin pagarle al Señor sus peajes de amor;
esos son saltamontes o «colados» del Cielo.
No sé si estas palabras
fueron tuyas o mías;
brincan ante los ojos absortos de mi alma
como el gozo del fuego
o como el resplandor de los relámpagos
en la celebración de las tormentas.
Es que, caro maestro,
no me sentaste en vano sobre tus dos rodillas
—las del alma y del canto—
en esos patios escolares
donde te tuve a tiro
y solté de mis hondas los versos iniciales
que te hicieron mirarme con lástima y amor
porque nacía ante tus ojos
un destino de llanto.
me apeo del respeto protocolar que siempre
te rendí con el gesto de un aprendiz machucho
y entro familiarmente a tutearte y palmearte,
ya que somos dos muertos:
vos andás remontando tu ascenso hacia la vida;
yo llevo en las valijas del alma el contrabando
de una muerte ordinaria.
hemos quedado.
Parlemos de las cosas que acamalamos juntos
con ese amor indescifrable
del ebanista y la madera;
la Patria, por ejemplo, que nos hurtó avarienta
sus lujos litográficos.
No fue para nosotros esa gorda gloriosa
de las viejas estampas;
de niño me mostraste sus pechos verdaderos
reventones de espigas y carnaza;
su leche, me dijiste, sabe a mieles y acíbar.
La Patria fue en tu sueño
de alfarero una tierra de moldear día a día,
fue «un dolor sin bautismo»
y una alondra en la espera de su primer gorjeo.
La Patria, me dijiste, «ha de ser una hija
y un miedo inevitable».
Y yo te vi abrigarla como a una niña pobre,
desnuda en su pavor,
como si presagiaras
la muerte numerosa que cayó entre los nuestros
y el castigo impiadoso de las persecuciones.
junto a los asadores
y saltaba tu pipa, como un clown, en tu boca,
mientras templabas la amistad
y su hierro candente
con la sabiduría
de tu abuelo el herrero de las aguas cantábricas.
Y te vi engayolar, febrilmente, a las Musas
en tu exilio porteño
de la avenida Rivadavia, solo con Elbiamor,
cuando ardían las hojas de tu otoño y caían
las últimas escamas de tu vida ordinaria
y empalomabas las palabras
en el edén que te inventaste
para rajar del mundo.
Y yo te vi, maestro
de guardapolvo blanco,
acariciar las ancas de la Patria en los mapas,
y te vi cabalgar su hermosura piafante,
firmes tus piernas sobre el lomo arisco,
calzados tus talones con espuelas de bronca
como si la incitaras a saltar,
tensa en su exaltación, hacia días mejores.
Cuarenta ojos infantiles
eran tus aparceros y argonautas
en esos días escolares,
y yo estaba entre ellos
y te rodeaba con mis brazos como a un árbol sonoro
para robar tus frutos
y el rumor de tu sombra.
cuando el sol dibujaba sus rayuelas brillantes
sobre los patios grises de la escuela de Trelles:
yo te vi levantar los dos brazos al cielo,
y eran como aleluyas,
y eran como dos naves con las velas al viento,
y eran, tal vez, dos aves que soltó el Paraíso.
Y entonces me dijiste:
Has de saber, muchacho,
que tendrá más espinas que flores tu viaje;
que el poeta es tan sólo
un voceador de Dios, y tu oficio es vocear
con un gesto de garza
que juega el equilibrio sobre una sola pata.
Has de saber, Joseph,
esta regla dorada de la Hermana Pobreza.
Ahora despepita
las uvas (¡y están verdes!)
de la risa y el canto;
tenga tu marcha el aire de un caballo pasuco,
bello como la estampa de un pájaro que hablara
y lánzate hacia el mundo: ¡toda la luz es tuya!
Yo escuché esas palabras como una epifanía;
aún las guardo, entre migas de pan, en mis bolsillos
puedo dar vuelta al tiempo, su clepsidra de arena,
y verte como acaso me viste y contemplarte
como un hijo que advierte que su padre es un niño
en los pañales de su corazón,
y quiere preservarlo
de penas y dolores
y limpiarle de piedras el camino y pedirle
que se cuide de todo
y especialmente de la vida
y de su herida absurda.
¡Ah, si acaso pudiera
desovillar el tiempo!
Tal vez te aconsejara
retornar al exilio
y montar nuevamente
aquel centauro inaugural
que un día jineteaste
bajo el signo imperioso de nuestra Cruz del Sur.
Tal vez te aconsejara
partir de nuevo, Adán,
a reventar la noche
y alborear esas calles que dan a los suburbios,
para alzar del olvido sus destinos frustrados.
¡Ah, si acaso pudiera
librarte de maldades,
para que sólo fueras
esa guitarra ardiente
que rasgueabas en medio
de un colmenar de sordos y transeúntes distraídos!
Quiero, amado maestro,
dejar así las cosas como fueron y son
—«sólo es fatal en nuestra patria joven»—
y alzar mi vaso lleno de buen vino carlón
y decirte: Maestro,
¡hasta que llegue el día
de juntarnos allí donde nadie hace sombra!
Doctor José María Castiñeira de Dios

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