lunes, 11 de diciembre de 2006

RESPONSO



No con llantos ni pena te despido, maestro.

Yo no sería digno

de tu pedagogía

si tan sólo una lágrima de amargura o de sal

derramara en tu muerte.

Allá entre las billardas de la infancia me diste

una lección alegre como el rostro de Dios

y rompiste en mi crisma

las albricias de] júbilo.

Entonces me dijiste:

la muerte es un viaje

del nacer, una alegre

travesía hacia el día de la resurrección;

que lloren los que quieren

viajar sin pasaje,

sin pagarle al Señor sus peajes de amor;

esos son saltamontes o «colados» del Cielo.

No sé si estas palabras

fueron tuyas o mías;

brincan ante los ojos absortos de mi alma

como el gozo del fuego

o como el resplandor de los relámpagos

en la celebración de las tormentas.

Es que, caro maestro,

no me sentaste en vano sobre tus dos rodillas

—las del alma y del canto—

en esos patios escolares

donde te tuve a tiro

y solté de mis hondas los versos iniciales

que te hicieron mirarme con lástima y amor

porque nacía ante tus ojos

un destino de llanto.


II

Perdoname si ahora

me apeo del respeto protocolar que siempre

te rendí con el gesto de un aprendiz machucho

y entro familiarmente a tutearte y palmearte,

ya que somos dos muertos:

vos andás remontando tu ascenso hacia la vida;

yo llevo en las valijas del alma el contrabando

de una muerte ordinaria.


III

Y ahora mano a mano, maestro,

hemos quedado.

Parlemos de las cosas que acamalamos juntos

con ese amor indescifrable

del ebanista y la madera;

la Patria, por ejemplo, que nos hurtó avarienta

sus lujos litográficos.

No fue para nosotros esa gorda gloriosa

de las viejas estampas;

de niño me mostraste sus pechos verdaderos

reventones de espigas y carnaza;

su leche, me dijiste, sabe a mieles y acíbar.

La Patria fue en tu sueño

de alfarero una tierra de moldear día a día,

fue «un dolor sin bautismo»

y una alondra en la espera de su primer gorjeo.

La Patria, me dijiste, «ha de ser una hija

y un miedo inevitable».

Y yo te vi abrigarla como a una niña pobre,

desnuda en su pavor,

como si presagiaras

la muerte numerosa que cayó entre los nuestros

y el castigo impiadoso de las persecuciones.


IV

También te vi reír

junto a los asadores

y saltaba tu pipa, como un clown, en tu boca,

mientras templabas la amistad

y su hierro candente

con la sabiduría

de tu abuelo el herrero de las aguas cantábricas.

Y te vi engayolar, febrilmente, a las Musas

en tu exilio porteño

de la avenida Rivadavia, solo con Elbiamor,

cuando ardían las hojas de tu otoño y caían

las últimas escamas de tu vida ordinaria

y empalomabas las palabras

en el edén que te inventaste

para rajar del mundo.


V

Y yo te vi, maestro

de guardapolvo blanco,

acariciar las ancas de la Patria en los mapas,

y te vi cabalgar su hermosura piafante,

firmes tus piernas sobre el lomo arisco,

calzados tus talones con espuelas de bronca

como si la incitaras a saltar,

tensa en su exaltación, hacia días mejores.

Cuarenta ojos infantiles

eran tus aparceros y argonautas

en esos días escolares,

y yo estaba entre ellos

y te rodeaba con mis brazos como a un árbol sonoro

para robar tus frutos

y el rumor de tu sombra.


vi

Recuerdo aquella tarde

cuando el sol dibujaba sus rayuelas brillantes

sobre los patios grises de la escuela de Trelles:

yo te vi levantar los dos brazos al cielo,

y eran como aleluyas,

y eran como dos naves con las velas al viento,

y eran, tal vez, dos aves que soltó el Paraíso.

Y entonces me dijiste:

Has de saber, muchacho,

que tendrá más espinas que flores tu viaje;

que el poeta es tan sólo

un voceador de Dios, y tu oficio es vocear

con un gesto de garza

que juega el equilibrio sobre una sola pata.

Has de saber, Joseph,

esta regla dorada de la Hermana Pobreza.

Ahora despepita

las uvas (¡y están verdes!)

de la risa y el canto;

tenga tu marcha el aire de un caballo pasuco,

bello como la estampa de un pájaro que hablara

y lánzate hacia el mundo: ¡toda la luz es tuya!

Yo escuché esas palabras como una epifanía;

aún las guardo, entre migas de pan, en mis bolsillos


VII

Desde mis muchos años

puedo dar vuelta al tiempo, su clepsidra de arena,

y verte como acaso me viste y contemplarte

como un hijo que advierte que su padre es un niño

en los pañales de su corazón,

y quiere preservarlo

de penas y dolores

y limpiarle de piedras el camino y pedirle

que se cuide de todo

y especialmente de la vida

y de su herida absurda.

¡Ah, si acaso pudiera

desovillar el tiempo!

Tal vez te aconsejara

retornar al exilio

y montar nuevamente

aquel centauro inaugural

que un día jineteaste

bajo el signo imperioso de nuestra Cruz del Sur.

Tal vez te aconsejara

partir de nuevo, Adán,

a reventar la noche

y alborear esas calles que dan a los suburbios,

para alzar del olvido sus destinos frustrados.

¡Ah, si acaso pudiera

librarte de maldades,

para que sólo fueras

esa guitarra ardiente

que rasgueabas en medio

de un colmenar de sordos y transeúntes distraídos!


VIII

Ha llegado la hora de decirte «hasta luego».

Quiero, amado maestro,

dejar así las cosas como fueron y son

—«sólo es fatal en nuestra patria joven»—

y alzar mi vaso lleno de buen vino carlón

y decirte: Maestro,

¡hasta que llegue el día

de juntarnos allí donde nadie hace sombra!


Doctor José María Castiñeira de Dios

© 1990 by Editorial Fraterna

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